sábado, 13 de febrero de 2016

DESDE MI PALOMAR UN CEREZO

Un Rey le pidió a un criado que plantara un árbol en su huerto para tener cerca frutos que comer. El labrador plantó un cerezo. Pero el Rey no quedó satisfecho, viendo que había otros frutos más grandes. Le parecía exigua la cereza por su tamaño reducido, pensando que no podría presumir, como Rey, de su árbol y su fruto.
Pero el labriego, astuto, le dijo que ningún otro árbol  florecía y daba su fruto tan juntos el uno del otro: si en marzo veía la flor, en abril podía comer cerezas. “Es la virtud justa para un Rey como su Majestad; por eso lo elegí”. Al Rey le satisfizo la explicación y lo indultó, o sea, lo prefirió a los demás árboles.


Francisco Tomás Ortuño

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