Suenan las ocho en el reloj del Convento. Llega aquí el sonido de la campana como agua que se rocía. Vaya noche de lluvia que hemos tenido. No queda claro el símil, seguro. Yo sé lo que quiero decir, a modo de greguería, pero quizás no lo sepa expresar.
El pensamiento, como el sonido, tiene un emisor y un receptor. A veces, por diversas circunstancias, tanto el sonido como el pensamiento, no son iguales cuando salen de la fuente que cuando llegan al que los recibe.
El sonido de la campana, como la luz, tiene que cruzar un medio que separa al emisor del receptor. Si el aire está revuelto, como loco de atar, de acá para allá, no es lo mismo que si está sereno, tranquilo. ¿Va a correr por el agua a la misma velocidad que por el aire? El sonido corre más por el agua, porque es un medio menos refringente y ofrece menos resistencia.
-La luz y el sonido van por el aire a distinta velocidad.
-Si no los ves, ¿cómo lo sabes?
-Ya te dije que en las tormentas se producen rayos y truenos al mismo tiempo y emprenden una carrera. Al instante llega la luz del rayo porque va a trescientos mil kilómetros por segundo; el trueno llega después porque va a trescientos cuarenta metros por segundo. Ves el relámpago –y bueno es que lo veas- y al rato oyes el trueno.
Francisco Tomás Ortuño
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