-Cesó la lluvia, Anselmo, cesó el viento. Hasta los males tienen fin. Y no es que la lluvia sea mala, ni que el viento perjudique, que lo que a unos daña a otros favorece. Cuando están es porque deben estar, aunque no lo comprendan los afectados negativos.
-Todo tiene fin, Gregorio, que lo que existe es limitado. El viento es fuerte hoy y mañana débil; la lluvia es torrencial un día y al siguiente amable. Nada hay eterno, o que dure para siempre, sino Dios.
“Dios ponga a mi alcance libros, aunque viva prisionero”, dice un Pensamiento de Marquina. Eduardo Marquina estaba en el libro “Joyas Literarias” de mi Escuela. Decía de él: “Muertos Zorrilla, Campoamor y Núñez de Arce, nuestros últimos grandes poetas, no ha surgido entre nosotros escritor alguno tan extraordinario como Marquina”.
Y seguía: “Han aparecido poetas muy estimables, que han publicado inspirados versos, y parecen anunciar un esplendoroso renacimiento a la poesía española”. A esa pléyade pertenecían Eduardo Marquina, Francisco Villaespesa, Vicente Medina, Juan Ramón Jiménez, Salvador Rueda, Antonio Machado y pocos más.
Ofrecía el libro un fragmento del poema “Los leñadores”, de Marquina, añadiendo que era inspirado y culto poeta; que a su manejo fácil y elegante del castellano, unía imágenes brillantes y pensamientos delicados. Y que era también autor dramático. Entre sus obras teatrales figuran: “En Flandes se ha puesto el sol”, “Doña María la Brava” y “Santa Teresa de Jesús”.
Francisco Tomás Ortuño
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