Murcia, martes, las ocho, en mi palomar, viendo a mi altura la torre de la iglesia, con la Virgen arriba, y terrazas enfrente, con ropa tendida azotada por el viento. Los “méteos” acertaron en sus pronósticos: mal día para pasear.
En cambio, tras los cristales, es un espectáculo soberbio.
Me acuerdo de mi “jaula” de Santana, donde escribo y leo en verano sin moscas ni avispas que molesten, con la mosquitera que puse de pared. Y me acuerdo del Oceanográfico, en Valencia, donde te sientes como dentro del agua, sin mojarte, viendo peces que pasan por tu lado.
Inventamos ámbitos, medios artificiales, a nuestro antojo, para provecho nuestro. ¿Qué son los soportales en los pueblos sino techos creados para los días de lluvia? ¿Qué son los invernaderos sino casas de plástico para que las plantas no se agosten ni se hielen?
El hombre piensa, aunque con lentitud. El pensamiento, de cuando en cuando, hasta hace sus descubrimientos, como ahora esas ondas gravitacionales, que si ya las conoció Einstein hace cien años, no serán muy peligrosas.
El Universo es tan grande, Graciano, que se irá mostrando poco a poco. La Tierra forma parte del Sistema Solar; el Sistema Solar de una Galaxia; La Galaxia del Universo. Por tanto, somos parte del Universo, aunque en medida microscópica.
-Pero somos parte. Y el hombre, asombrado, irá llegando poco a poco a los confines del Cosmos.
-¿Y más allá, Gervasio? ¿Qué habrá más allá de todo?
-Pues Dios, que lo sostiene en sus manos, Graciano. Si todo procede de Dios, Dios tiene que ser más grande que lo que ha creado, Él sabrá cómo y para qué. Y a nosotros nos dio una chispa de inteligencia para conocer en parte su prodigiosa Creación.
Los descubrimientos estarán en razón directa con la madurez del cerebro. Los antropopitecos no podían conocer cosas de mil años más tarde, que cada cosa en su tiempo y las uvas cuando maduran.
Francisco Tomás Ortuño
No hay comentarios:
Publicar un comentario