-Gran misterio el de la Muerte, Sebastián, ¿qué habrá después de morir?
-En la Eucaristía decimos: “Creo en la resurrección de los muertos y en la vida eterna, Baldomero”.
-Y hasta que ocurriera, ¿dónde están los que murieron? Hace poco, Sebastián, pensando en lo mismo, saqué cuentas por encima de los que seríamos para resucitar. Creo que… trescientos cincuenta mil millones. Multiplicaba siete mil millones de un siglo por cincuenta siglos que son cinco mil años. Arriesgado pronóstico, pero grosso modo, por ahí andaría la cuenta de los que fuimos, éramos y seríamos en cinco mil años.
-¿Y a dónde querías llegar, Baldomero?
-¿Cabríamos tantos resucitados en el Planeta? La Tierra tiene una superficie de quinientos diez millones de kilómetros cuadrados, de los cuales el setenta por cien es de agua, quedando para vivir ciento cincuenta millones. Tocaríamos a cuatro centésimas de kilómetro cuadrado para cada cien habitantes, Sebastián.
-Deja ya de hacer cuentas, Baldomero.
-Y si cabemos, Sebastián, ¿podremos recordar la vida que tuvimos antes?:
-“Demos una vuelta por el Roalico, a ver si siguen los pinos que plantamos en mil novecientos setenta y ocho tras el incendio del pinar.
-Sí, vayamos, hermanicos.
-Mirad, aún sigue en pie la casa con los pinos, la piscina donde nos bañábamos y el molino que compramos en Todomaco.
-¿Podemos entrar y ver lo que queda dentro?
-Pidamos permiso a los ángeles custodios encargados de la conservación del patrimonio terrenal.
-Os oigo y os doy permiso, pero que nada se rompa ni se pierda.
-Descuida, hermano, nos das una alegría porque dejamos muchos recuerdos en la otra vida.
Y entraron. Por las habitaciones y el comedor vieron retratos y objetos que tuvieron. Hasta los payasos de Fofó y Miliki que una vez les regalaron los vecinos.
Francisco Tomás Ortuño
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