-Ayer tocaste un tema vidrioso, Julián. que podía herir susceptibilidades; veremos si no te llaman al orden y te piden meterte en tus asuntos; cuando una herida es reciente no es lo mejor hurgar en ella.
-Nada dije que no fuera verdad: La muerte es tan natural como la vida, Ernesto, y solo Dios sabe cuándo acontece.
-¿Por qué unos antes y otros después, Julián?
-Yo la vida me la imagino como una procesión de células que traemos al nacer; una de ellas lleva el “the end” sin que nadie sepa cuándo va a llegar. Como un reloj que empieza a caminar cuando se nace y llega un día en que se para. Lo normal es que la cuerda dure hasta el fin; pero hay excepciones: unos se detienen siendo feto, y otros siendo mayor, sin haber culminado su ciclo vital.
-¿Y quién ordena que sea así?
-Solo Dios sabe los que tienen que nacer y cuándo van a acabar. Es el secreto mejor guardado. Que vamos a morir, no hay duda; cuándo, nadie lo sabe. Pero que muera un niño es tan natural como vivir cien años.
-¿Quién puede juzgar a Dios?
-¿Sabemos acaso lo que hubiera tenido que pasar viviendo más? Tenemos que aceptar lo que Dios manda, y hasta agradecerlo.
-¿Agradecerlo?
-Sí; piensa en todo momento que lo que haces y cuanto acontece es lo mejor. ¡Qué paz inunda el alma dejándose llevar por quien sabe más que tú y más que nadie, que busca tu bien y que todo lo puede.
Francisco Tomás Ortuño
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