Hemos visitado a mi cuñada. Nos ha enseñado fotos con la familia al completo. Algunas en almanaques de gran tamaño. A ver si me acuerdo: Juana; Lina, Pedro y dos hijos; Amós, Soledad y tres hijos; Juan Francisco, África y dos hijas; Josemaría, Juana Mari y un hijo; Leo; David; Fulgencio. Veinte personas. Cómo se multiplica la población con solo un par de generaciones. Nos tomamos muy al pie de la letra que uno de los fines del matrimonio es procrear.
Cuando yo iba a la Escuela, la población mundial era, o decían mis libros que era, dos mil doscientos millones de seres humanos; hoy ya somos siete mil millones. Y eso que últimamente hay recortes brutales con la crisis a base de anticonceptivos.
En mi familia por ejemplo, de dos personas –mis padres: Amós y Lina- nacieron cinco hijos: Santiago, José María, Emilia, Amós y Francisco. Santiago se casó con Carmen y tuvieron cuatro hijos; José María con Juana y tuvieron siete; Emilia se contuvo; Amós lo hizo con Pepa y nacieron seis; y el que lo cuenta con su costilla, cinco.
De dos en un siglo hemos pasado a treinta y tres. Aunque se han quedado en el camino cinco, aún quedan veintiocho. Veintiséis nuevos. En esa proporción, los siete mil millones que somos nos convertiremos en el año tres mil, si cada pareja dan otros veintiséis, en noventa mil millones de habitantes aproximadamente.
¿Cabríamos en la Tierra? ¿Habría comida para todos? Es sin duda un problema a resolver por las naciones del mundo. ¿Serán necesarias las guerras para eliminar personas? ¿Estará todo tan previsto y calculado que tenga que venir una catástrofe para empezar de cero? Con los años vividos, el hombre debe saber lo que puede sobrevenir a todas sus actuaciones.
Francisco Tomás Ortuño
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