-Y le llevé a mi endocrino, dedicado, mi último libro: “Fumarolas”. Se lo había prometido en la visita de hace unos días.
-¿Cómo saca tiempo para escribir un libro así? –me dijo hojeándolo.
Aquí veo claro, don Ángel, lo que nos enseñaba en la Escuela: “Ojear” sin hache, de ojo, es mirar una hoja del libro por encima, sin leer el texto; “hojear” con hache, de hoja, es pasar las hojas del libro de principio a fin, como si fuera un abanico.
-Es lo que más tengo ahora: tiempo –le contesté. Como la sociedad nos deja sin trabajo, tenemos que buscarlo en algo que nos guste hacer. Es lo que recomiendo a los jubilados: ocuparse en algo, que pueden caer en depresiones peligrosas y hasta mortales.
No quiero terminar mi sesión de escritura, Toribio, sin decir que he ido temprano, de nuevo, a Inacua a bañarme, tras dos o tres meses que iba a las doce, conociendo a nuevos bañistas y compañeros de jacuzzi y de baños turcos.
-¿Y a qué se debió el cambio de hora, Salomón?
-A que las ocho no son lo mismo en cada mes del año. Cuando vi que cada día amanecía más tarde, me dije: “¡Que te pilla el toro!”. Y fui a las doce. Ahora que ha vuelto a madrugar menos el día y las ocho tienen luz de nuevo, he retomado el horario antiguo.
-Vale, vale, ¿y qué has encontrado en Inacua?
-Alguien me saludaba con la mano de la otra parte de la piscina.
Francisco Tomás Ortuño
No hay comentarios:
Publicar un comentario