martes, 8 de marzo de 2016

DESDE MI PALOMAR DEMOCRACIAS

El cuerpo es un modelo de democracia: Si duele el estómago, se resiente en su totalidad; lo mismo con un pie dañado o con una muela picada. Es un conjunto que funciona de acuerdo con un plan establecido. Muchos elementos trabajando por la dicha o bienestar del conjunto. Si algo falla, el sincronismo se rompe y la máquina lo advierte. Tiene que ir todo bien para que el cuerpo funcione a la perfección.
La familia, si te fijas, es también, como el cuerpo, otro ejemplo de vida comunitaria, donde si algún miembro es díscolo o rebelde, el conjunto se deteriora. Cuando la familia no discurre como debe se nota pronto por su falta de alegría o abundancia de brusquedad. Hay, por desgracia, familias tristes –tristes familias-,  en las que  falta una revisión profunda por hacer.
Las familias tienen sus gangrenas que van minando su salud. Si no se curan a tiempo pueden llegar a su destrucción. Gangrenas pueden ser unos celos, una envidia, un rencor, una avaricia. Cuando aparece el mal, deben todos acudir a remediarlo, como ocurre con el cuerpo. Si un elemento familiar, digamos un hijo, sufre con el bien de su hermano, la unidad familiar puede ir al traste si no se pone remedio.
Hay veces que es difícil descubrir el origen de una situación adversa familiar. En el cuerpo hay piezas recambiables, como los huesos  o un riñón. No así en la familia.  Si el mal es producido por imponderables –llámese tiempo atmosférico, humores viscerales, temperamentos, etc.- no cabe el recambio ni las buenas intenciones. Cuando una persona actúa en contra de la unidad grupal por necesidad –imperativo legal-, no cabe a los demás sino quererla como elemento conveniente y necesario.
¿Cabría sacar conclusiones con la Región? ¿Con las naciones? ¿Con el planeta? El Universo, sin duda, es otro ejemplo de democracia, donde cada sistema o galaxia forma parte de un todo. ¿Será que el hombre no sabe estar a la altura del Creador y donde pone su mano lo pervierte? Rajoy y Pedro Sánchez, poneos de acuerdo de una vez, por favor.


Francisco Tomás Ortuño

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