Aún en Murcia, las cinco y veinte de la tarde, en mi estudio que da a Balart. Hemos dejado el viaje para mañana. Tendría que ser así.
En Bruselas hoy hubo un atentado terrorista. Murieron más de treinta personas y de heridos un centenar. ¡Cuántos que se han librado dirán: “Yo no estuve en la masacre de milagro; iba a ir y me quedé en casa, no sé por qué”!
Es el caso del avión que se estrella y mueren los pasajeros. Luego salen los que iban a montar y no lo hicieron por circunstancias que no se explican. Es el caso del tren que descarrila, del autobús que vuelca, del coche que se estrella… ¿Por qué unos mueren y otros se libran?
Siempre queda la duda en el aire de cómo pudo ocurrir y por qué con ese resultado. ¿No te parece a ti muchas veces que no pudo ser de otra forma? Tienes que aceptar los hechos como han ocurrido, pero sientes que algo, no sabes qué, ha intervenido.
Supongamos que esta noche hay un temblor de tierra por Jumilla, con desprendimiento de enormes piedras que hay en la ladera del monte. Cuando vamos, la casa ha desaparecido entre escombros.
¿Qué podríamos pensar viendo el dantesco acontecimiento sino preguntarnos: “¿Por qué no nos fuimos esta tarde como habíamos pensado?”. ¿Hubo una causa que lo impidiera o alguien que nos salvara de la desgracia?
Tal vez sea pueril mi pensamiento, pero no lo puedo evitar: “Si la Procesión del Cristo del Perdón, que iba a recorrer las calles murcianas ayer, tenía que suspenderse por la lluvia, ¿se conocería ya en la Historia de la Epopeya Universal que creara Dios antes de crear el mundo?”.
Francisco Tomás Ortuño
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