El tiempo cambia, Elías, que nada es para siempre. Si miramos SU discurrir a cámara rápida, vemos que a unas nubes sigue el sol y al sol nuevas nubes. Todo fluye, como obsevara Heráclito hace más de dos mil años:
“Nadie se baña dos veces en las mismas aguas de un río”. Nada permanece. Cada segundo, o décima del mismo, o milésima, es distinto. Nadie, por tanto, es el mismo que era ayer. ¿Qué digo ayer? Ni ayer ni cuando empecé a escribir. El tiempo no se detiene y con el tiempo vamos nosotros,
-Muy filósofo estás hoy, Graciano. Vas a cumplir con tu Soflama sin decir nada, porque dime tú, ¿qué llevas dicho hasta ahora sino que el tiempo discurre con la velocidad del rayo?
-Una cosa somos todo cuanto vemos y no vemos. Formamos parte de un Universo con sus astros y sus gases intergalácticos. Pues todo va mudando cada millonésima de segundo, y ese milagro lo realiza un Ser superior que lo sostiene.
-Hasta ahí casi casi que lo puedo comprender, Graciano, pero no ahondes un pelín más que se me escapa. Porque ese Ser que todo lo ha creado y lo mantiene, ¿dónde no está? ¿Cómo es posible alcanzar que Dios no tiene fin? Nos perdemos como ese pez que quisiera saber qué hay fuera del mar o si habrá otros peces que puedan vivir fuera del agua.
Francisco Tomás Ortuño
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