Murcia todavía, las nueve, martes, en mi refugio que da a la calle Salvador Ortiz. Mamá y Lina se fueron al Hospital de San Andrés, previa cita, a que le vean la herida de la muñeca. Esperemos que sea favorable la visita, porque nadie mejor médico que el propio paciente, y quien la lleva palpa la mejoría por momentos.
Es así, Serapio, cuando nos olvidamos de un mal o no lo sentimos, es que está bueno. Si te duele el estómago es que no anda bien; si te duele la espalda, lo mismo; si no sientes dolor es que la máquina funciona perfectamente.
Es tan perfecta la máquina del cuerpo, que si necesita ayuda del exterior, te avisa con fiebre y malestar para que le prestes atención; ella tiene recursos propios que ni conocemos, para atender sus males; pero hay veces que necesita colaboración externa y la pide.
Tú entonces acudes al médico y te manda inyecciones, pastillas o potingues de farmacia. Lo malo, Tiburcio, es si no interpreta bien la demanda, y procura algo perjudicial. Si es un placebo, no cura pero ayuda poco; pero si es medicina adversa, menoscaba. En vez de ayudar se une al enemigo para hacer más daño.
A mi hermano cuando era niño, le dieron un golpe en la pierna jugando al balón. Su cuerpo avisó con dolores y fiebres de cuarenta grados, y mis padres lo llevaron al médico. Este pensó que era reuma y le mandó pastillas para la enfermedad. Pero como le daba una ayuda equivocada, el cuerpo siguió pidiendo auxilio.
Entonces lo llevaron a un especialista en la capital y le cambió radicalmente la medicación. Desde entonces empezó a mejorar la salud de su pierna. Eran, por suerte, los años cuarenta, cuando se descubrió la penicilina, y con unos frascos a tiempo, se curó.
Dios te libre de un médico que se equivoque de enfermedad: aun con buena voluntad, en vez de ayudar a curarte será lo contrario. Con las enfermedades hay que ser prudentes: si no se está seguro, lo mejor es quedarse quieto.
Francisco Tomás Ortuño
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