Murcia, las doce, en mi escritorio. Fiesta de San José, patrón de la Iglesia Universal.
-Repudiar a una persona, Eutiquio, es rechazarla. José repudió a María, su mujer, cuando vio que estaba embarazada. La repudió en secreto, para que la Ley no la castigara por adulterio. Debía quererla mucho. ¿Te pones en su lugar? Sin haber estado con ella, se queda encinta. “¿Por qué?, ¿por qué me haces esto?”, se diría asombrado.
En sueños, le dijo un ángel: “¡No te precipites, José!; el niño que nacerá de María, es obra del Espíritu Santo”. Y el secreto se mantuvo hasta que nació Jesús.
Herodes, rey de Judea, oyó que había nacido un niño que lo iba a destronar, y mandó matar a los que habían nacido últimamente. “¡Que no quede uno!”, ordenó. Pero José recibió a tiempo la orden de huir a Egipto con su familia. Fue el padre de Jesús, sin serlo. Más que padre, su guardián.
Es una figura singular en la historia del mundo. San José no fue como los demás hombres. Dios, por lo visto, pensó en un padre para su hijo, sin engendrarlo, que lo acompañara junto a su madre y le enseñara un oficio. Una figura “sui géneris” para que el niño fuera como todos los niños. Vigilante. Esa era la función de San José: cuidar de un niño que era Dios y hombre al mismo tiempo.
¿Sería consciente María de que su matrimonio era una excepción en la historia de la humanidad? ¿Hablaría a solas con José de su papel en la historia?
-José, ¿tú qué piensas de lo que nos está pasando?
-Lo nuestro no tiene nombre, María.
-Yo no puedo verte como esposo; solo como padre de un hijo que es obra del Espíritu Santo.
-Hemos sido los encargados de una obra universal, María.
-Sin vivir juntos, vamos a tener un hijo, ¿cómo puede ser?
-Sigamos instrucciones, que nosotros solos nos perdemos.
-Es que nadie antes ha engendrado sin ayuda de varón.
-Sí, María, nuestros primeros padres, Adán y Eva, nacieron también así, de la nada.
-Un milagro, José, y nosotros, mira por dónde, los segundos padres virtuales, porque reales no somos, como tú y yo sabemos. Vamos a ser padres de Dios en un hijo que yendo en mí no es nuestro.
-Me da miedo, María, sigamos lo que tenga que ser, que Dios no nos dejará de sus manos.
Francisco Tomás Ortuño