-No discutamos más, Jacinto, para ti la perra gorda.
-¿Qué perra gorda ni qué niño muerto? Esa perra duerme ya quince años el sueño de los justos.
-¿Te acuerdas, Jacinto, cuando existía la perra gorda? Había diez en una peseta.
-Y cinco pesetas eran un duro, que no un euro.
-¡Qué cambio tan radical cuando empezó a circular el euro! Nadie se entendía con el cambio de moneda. “¿Cuánto cuesta?, preguntabas”. Y te pedían cinco euros por un café o por un kilo de tomates. Como antes eran cinco pesetas se confundía el precio, sin tener en cuenta que seis euros equivalían a mil pesetas, que por ahí comenzamos a saber lo que costaba un peine.
-Yo, te digo la verdad, con la moneda nueva no me entendía. Para pagar la mercancía echaba un puñado de monedas encima del mostrador y que el tendero se cobrara. Luego recogía el resto y me iba con la compra. “Allá tu conciencia”, pensaba.
-Mira que si volviéramos otra vez a la moneda que dejamos.
-El Reino Unido se lo está pensando y quién sabe si otras naciones también. ¡Qué chollo para los eurodiputados sus reuniones, viajes y sueldos astronómicos!
-¿Sabes de dónde procede la palabra “chollo” que acabas de pronunciar?
-Pues no, Setién, bastante tengo con saber lo que cuesta la comida en euros todos los días.
-Un chollo es una ganga; algo valioso que se adquiere por muy poco dinero.
-¿Y qué quieres decir, Jacinto?
-Que se debe a un italiano que vino a España llamado Cioglio. Este señor pidió permiso al Ayuntamiento para poner sillas en las calles por donde iba a pasar una Procesión. Concedido el mismo, puso sillas para que el público viera su Procesión sentado cómodamente a cambio de unas monedas. Y se hizo rico el italiano Cioglio –se pronuncia chollo en español- poniendo y quitando sillas cuando había procesiones o desfiles. Si no lo sabías, ya sabes algo nuevo y buen provecho.
Francisco Tomás Ortuño
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