domingo, 12 de junio de 2016

10 junio 2016 DESDE MI PALOMAR

Ayer fue un día triste en la familia: despedimos a mi hermano. Pero yo sé que sigue con nosotros, que está aquí, aunque de otra forma.

Mamá restaura en el taller la figura de un Cristo sedente, que tiene más mugre que la pata de un gitano.
-¿Cómo se te ocurre hacer comparaciones, Basilio? No está bien decir esas cosas. Además, no te las había oído decir nunca.
-Es verdad, no suelo hacer lo que otros que yo me sé, que para que los tengan en cuenta sueltan tacos a lo Cela o Pérez Reverte. No hay escritos que no tengan palabras malsonantes. Decía que la talla que le han traído a mamá para restaurar está sucia; tan sucia que parece más un Cristo de Machín que de Velázquez.
Mamá goza en su labor por dos motivos: Uno porque es artista y su trabajo es poner lo que le falta y quitar lo que le sobra. O sea, dejarlo nuevo como lo trajo al mundo el artista que lo parió.
-Ya te has salido otra vez del orden escriturial. ¿Y el otro motivo por el que goza tu mujer restaurando?
-Porque son figuras religiosas y habla con ellas.
-Pues mejor así, que trabaje gozando. Ya se entretiene sin hacer mal a nadie.
-Las amigas se han dado cuenta y le traen imágenes que tenían arrumbadas de sus antepasados en arcas y desvanes. “Límpiame este San Pancracio que hace milagros”. “Pégale este dedo a Santa Rita, que lo guardó mi abuelo y ya va siendo hora de que tenga otra vez su mano como es debido”. Y así.
Trabajo no le falta; como hace lo que el sastre de Campillo, que cosía de balde y encima ponía el hilo, la clientela está asegurada.

Francisco Tomás Ortuño

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