Quedan pocos indios en América. Poquísimos. En Florida vive una familia de Semínolas. Su último jefe hecho prisionero fue Osceola hace ya muchos años. Los pocos amerindios que van quedando tienen razones de sobra para no querer a los rostros pálidos, que un día entraron a saco en sus dominios.
Hay una leyenda que los pieles rojas conocen sin excepción, que ha pasado de padres a hijos como el testigo en una carrera de relevos:
El blanco llegó y dijo al indio: “Déjame un lado que me siente. El indio se corrió para dejar tronco donde sentarse el extranjero. “Un poco más”, le pidió cuando llegó otro blanco. “Un poco más”. Cuando el indio cayó del asiento, dijo el blanco: “Ahora el tronco es mío”.
Los sioux, mohicanos, apaches y demás pieles rojas fueron dominados y expulsados de sus territorios. Toro Sentado, Osceola, Trueno Rojo y muchos más, que lucharon por sus libertades, se vieron impotentes ante las Chaquetas Azules invasoras.
Francisco Tomás Ortuño
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