Ayer, con unos mocasines que pedí para mi hija, me mandaron un libro precioso: “Gran Historia Universal”. En la página 142, viene una foto a color de Cuzco, y un valle sagrado de los montes andinos.
El Imperio Inca, cuyo mayor esplendor se sitúa por el siglo XV, cuando su descubrimiento hispano, tuvo en el valle cuzqueño su centro neurálgico, y Cuzco fue la capital. “El mundo Inca consiguió como ninguna otra cultura americana, transformar el medio ambiente con impresionantes construcciones. Los más capacitados técnicos y artistas de los Andes se congregaron en la capital para trabajar allí en beneficio del gran Inca y del Estado”.
A los ojos de los españoles, se presentó Cuzco como un conjunto de edificios tan bien construidos que impresionó a Pizarro y a sus huestes. Del centro de la capital partían las rutas que conducían a las cuatro regiones del imperio. “Uno de los aspectos que más llamó la atención de los investigadores fue la asombrosa capacidad del pueblo inca para conseguir la productividad de unos terrenos de los que era casi imposible aprovechar, debido a las extremas condiciones orográficas y climatológicas del medio andino.
Esto se conseguía gracias a un sistema de terrazas a tres y cuatro mil metros de altura, en pendientes que sobrepasaban los sesenta grados. Estas terrazas permitían evitar la erosión natural y atender a las necesidades de población en creciente ascensión.
En la página 144, hay una foto con dos crías de llama. La llama, animal característico de los valles andinos, era de vital importancia para los incas. Era animal de carga y de él se aprovechaban hasta sus excrementos para abono.
La vivienda incaica tenía una sola habitación rectangular, construida a base de grandes piedras, con techos de hierbas a dos aguas, sostenidos por un armazón de palos. Estas casas se reunían en grupos, respetando siempre los espacios destinados a la circulación.
Francisco Tomás Ortuño
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