Como pasaban los años desde la aparición de la Primera Parte del Quijote y la Segunda Parte no se publicaba, Lope de Vega, contemporáneo del autor, de fácil pluma –más de cien en horas veinticuatro pasaron de las musas al teatro-, se dijo: “Ya que no te decides, seré yo quien lo haga, firmando con otro nombre. Avellaneda mismo, que suena bien”. Y se publicó el Quijote apócrifo de Avellaneda.
Cuando Cervantes vio su novela con Segunda Parte por el mundo se dio prisa a terminar la suya, no sin antes decir en el Prólogo: “¡Válgame Dios, y con cuántas ganas debes de estar esperando este Prólogo, creyendo que vas a encontrar venganzas y vituperios. Pues no te he de dar este gusto ni me pasa por el pensamiento: con su pan se lo coma.
Lo que no he podido dejar de sentir es que me tilde de viejo y de manco como si en mí estuviera detener el tiempo o si mi manquedad hubiera nacido en una taberna y no en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, presentes y venideros.
Francisco Tomás Ortuño
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