-Mi nieta Isabel, Rufo, para pagarse un viaje con el Colegio, vendía madalenas. Las compraba en una confitería y las vendía después algo más caras.
-Es lo que han hecho siempre los estudiantes, Andoquio: Vender libros, lotería, alfileres o prendas de vestir; todo cuanto les reportara algún dinero.
-Un día vino a vendernos el producto. Eran bolsas muy monas de plástico con su lacito rojo, conteniendo cuatro madalenas cada una. Le compré cinco bolsas. Se puso muy contenta.
-Estas ventas tienen un peligro, Andoquio, y es que por vender olviden los estudios, que son más importantes para ellos que todas las madalenas u objetos que puedan vender.
-Cómo recuerdo aquellos tiempos en que íbamos nosotros de viaje con niños del Colegio. Doña Lola hablaba con las Agencias, decía a los niños lo que tenían que llevar… Venían también doña Serafina, don Antonio y otros voluntarios.
-Yo veía tantas virtudes en estos viajes, que los hubiera incluido en los Planes de Estudio como de obligado cumplimiento en la enseñanza. Ahí es nada, cuando se sale de la península: ir al puerto, montar en el barco, conocer otras costumbres, otras culturas… Estos viajes dejan huella imborrable en los pequeños.
Una vez escribí en un periódico la Crónica de un viaje a Ceuta. Se me ocurrió decir que las mujeres tapadas parecían fantasmas y deseaba regresar pronto a casa. Luego me visitó un ceutí en el Colegio, en nombre de su Ayuntamiento, a invitarme a pasar con mi Señora ocho días en la ciudad para conocerla mejor. Pero no fui. ¡Ojo otra vez con lo que escribimos!
Francisco Tomás Ortuño
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