-Murcia, las nueve, donde ayer.
-¿Es que no te has movido, Guillermo?
-¿Cómo se te ocurre tal dislate, Esturnio? Aquí escribo y punto. Cada actividad tiene su hora y su enclave. ¿Acaso como aquí?, ¿cómo recogería la correspondencia?, ¿cómo estar temprano en Inacua? Reparto mi territorio con las labores a desarrollar.
-Claro, Guillermo, no te enfades.
-Es como el tiempo, Esturnio: yo no podría realizar dos o más trabajos a la vez. Cada uno en su momento y espaciado, que solo Dios pudo hacer el mundo en siete días.
-¿No fueron seis, Guillermo?
-Cuando decimos que descansó, queremos decir que dejó de crear, pero el cuidado que tiene de lo que hizo, o providencia, fue como seguir creando. Es más, el séptimo día fue el más largo, que dura aún y no puede acabar.
-Claro, claro, Guillermo, si se durmiera Dios una décima de segundo, imagínate la hecatombe. Solo una cabezadita que diera se destruía lo que hizo.
-Lo que pasa a los conductores, Esturnio: un clis y adiós vidas a su cargo.
Francisco Tomás Ortuño
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