domingo, 8 de mayo de 2016

DESDE MI PALOMAR

Que el hombre propone y Dios dispone, no tengo duda, Anselmo. Íbamos a ir a Santana a regar un rosal y unos cerezos que pusimos y amaneció lloviendo. Era como si “el Señor Invisible” hubiera dicho: “No procede”.
Así es todo, Anselmo: hemos de aceptar la voluntad superior como la buena, y no enfadarnos por la corrección. Tú sigue haciendo proyectos, luchando por conseguirlos, soñando con sus frutos, pero si luego no resulta como era tu deseo, acepta de buen grado la nueva situación.
En el caso extremo de un ictus o de un terremoto, como el de hace unos días en Lorca, por mucho que no comprendas la causa ni alcances a ver las consecuencias que se deriven, supera la situación pensando que esa, y solo esa, era la voluntad del que sabe más que tú, del que lo sabe todo.
Ante la enfermedad o la muerte de un ser querido, ¿tú puedes saber, Anselmo, lo que sería de no ser así lo ocurrido? Tú te quedas en la epidermis, en la superficie y actual, en lo puramente humano, pero el que ve lo presente y lo futuro, con otra perspectiva diferente, puede tener sus razones para obrar como lo hace.
Esperemos la sorpresa, cada día, cada hora, cada instante, como un juego; y gocemos con los aciertos: “¡¡Bingo!!”, podemos gritar eufóricos. O “¡¡Me equivoqué!!”, si la has errado. Hasta en el peor de los casos, verlo con serenidad y hasta agradecer lo ocurrido.
Si aplicamos esta filosofía, Anselmo, de sentirnos acompañados por quien sabe más que nosotros para enmendar nuestros yerros en la vida, seremos más tolerantes, más amables y más felices. No  rebelarnos a lo que no sea nuestra voluntad ni desesperarnos ante el fracaso. Es simplemente obrar como el niño pequeño que se sabe seguro al lado de su padre.

Francisco Tomás Ortuño

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