-Murcia, las ocho y media, en mi rincón de escribir, si no escribo en otra parte.
-Eso es una verdad de Pero Grullo, que a la mano cerrada le llamaba puño: una simpleza monumental, Ciriaco.
-De tales verdades está lleno el mundo, Marcelo.
-Para no decir algo, mejor callar.
-¿Y qué es decir algo para ti?
-Decir algo sería añadir un plus a lo que ya se tiene, algo importante y necesario, Marcelo,
-Entonces nadie hablaba. ¿Quién dice verdades sin las que el mundo se detenga?
-Pero Grullo tuvo que ser alguien poco complicado, pero de lógica aplastante. Hasta los grandes pensadores dicen perogrulladas. “Yo soy yo y mi circunstancia”, dijo Ortega como si hubiera descubierto una mina. Y luego a vivir de las rentas.
-¿Y Sócrates cuando dijo: “Solo sé que no sé nada”? ¿Qué esperaba saber, Ciriaco? ¿Qué sabemos nosotros en el siglo XXI? Perogrulladas, verdades sin fundamento. “Si hace frío no hace calor”, oyes decir; y el que se expresa así piensa que es importante lo que ha dicho; hasta te mira serio y te sostiene la mirada por si dices lo contrario. Y enseguida, con cara de circunstancias, añade: “Mañana se pondrá el Sol”. ¿Qué puedes esperar de quien solo dice verdades de Pero Grullo?
-Mejor permanecer callado, Marcelo. Los cartujos lo practican ya tiempo. Para ellos el silencio es sagrado: Orar, orar, orar y callar. Para ellos hablar es perder el tiempo, desviarlos de lo más importante, que es la comunicación con Dios.
Francisco Tomás Ortuño
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