martes, 10 de mayo de 2016

10 mayo 2016, San Juan de Ávila –por ayer- DESDE MI PALOMAR : NAMIBIA

Murcia, las diez. Me levanté a las siete; tomé café con leche y un trozo de bollo; luego encendí la tele y preparé el gimnasio podal. En la media hora que duró mi ejercicio, compatible con mirar la pantalla del televisor, vi y escuché las Noticias que ofrecía la Primera.
Enterado de que el mundo seguía en pie, como lo dejara la noche anterior, me cambié de Canal. Me cautivó enseguida. Se trataba de dos jóvenes, americanos o europeos, viajando por el mundo y conociendo otras tierras y costumbres.
A mí me encanta saber cómo son y cómo viven los habitantes de las islas del Pacífico, de tierras africanas o de países asiáticos. Así que dejé el mando y seguí embobado las peripecias de la pantalla.
Se trataba de Namibia, país africano del sur. Visitaban algún poblado con gente de raza negra, ropas de colorines y collares variopintos en el cuello. ¿Era esa la Namibia que yo estudié en los libros, cuya capital Windhoek recordaba?
¿Dónde estaban los edificios y la gente para tratar con otros países? ¿Dónde había mercados para vender y comprar alimentos? Efectivamente, pronto supe que eran aldehuelas con razas primitivas que persisten todavía. Las carreteras eran de tierra sobre extensísimas llanuras sin cultivar.
Luego he venido a un Atlas a repasar los países de esta parte del mundo. Namibia limita al norte con Angola; al sur con la República Sudafricana; al este con Botswana, y al oeste con el Océano Atlántico.
Es más grande que España; tiene un millón y medio de habitantes; hablan inglés, son católicos, su Gobierno es republicano y viven, sobre todo, de la ganadería y de la pesca.
Por lo que he visto en el reportaje televisivo, nada hacía pensar que hubiera un Gobierno ni que la capital tuviera más de cien mil habitantes. Eran más bien, poblados  de veinte o treinta personas mayores y niños como los que salen desnutridos en ciertos anuncios.
No sé ahora si quedarme con la idea que tenía de un país que trabaja, se relaciona con el mundo y se divierte, o con tiendas circulares de lona y paja donde viven sin luz eléctrica, sin agua potable, con una caldera en el fuego y carne de res para toda la familia.

Francisco Tomás Ortuño

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