El sábado tuve que sacar dinero:
-Señor Cajero, ¿me quiere dar seiscientos euros que necesito?
El Cajero dudó y me preguntó qué deseaba.
-Sacar dinero -le repetí.
-¿Cuánto? –dijo con cara de pocos amigos.
-Seiscientos euritos solo. Son míos y los necesito -le supliqué-. Como es sábado y la Oficina está cerrada… -terminé.
Se lo pensó dos veces más, y, al fin, me dijo:
-Consulte en la Oficina, no estoy en condiciones de satisfacer su petición.
-Pero, máquina guapa, servicial y atenta –insistí-, por favor, dame seiscientos euros, ¿no ves que los necesito, que son míos y que la Oficina está cerrada?
Y tras mi súplica probé de nuevo. Introduje por la ranura mi Libreta, tecleé mi número personal y puse a continuación la cantidad que necesitaba. Oí ruidos dentro de operaciones que realizaba, se detuvo de nuevo, hubo más operaciones metálicas, mientras que yo esperaba nervioso.
Estábamos solos la máquina y yo. Si me vuelve a decir que no, ¿qué podía hacer? Si fuera una persona le suplicaría más, pero la máquina es fría, sin entrañas.
Al fin, Dios lo quiso, vi que me daba unos billetes. “Gracias”, musité, “eres la máquina más linda que hay en el mundo”. Los conté y vi que había contado bien. Estaban los seiscientos euros que le había pedido.
Francisco Tomás Ortuño
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