EL PALOMAR
-¿De dónde vienes, Jenaro?
-De la podóloga, Juan.
-¿Y qué cura la podóloga, Jenaro?
-Corta las uñas de los pies, elimina hongos, y otras cosas, Juan.
-¿Qué cosas, Jenaro?
-Lo que pueda impedir que se ande bien, como los juanetes, Juan. Cualquier parte del cuerpo es importante. Antes, con el médico general bastaba; luego, no era suficiente un “médico para todo” y hubo uno para cada parte del cuerpo: ojos, oídos, nariz, pies… infinidad.
-Yo creo que si uno era poco, tantos son muchos, ¿tú qué dices, Jenaro?
-¿Qué le duele a usted?
-Doler, doler, no; pero ronco.
-Vaya al médico de la garganta.
-¿No es usted médico?
-Yo soy médico de intestinos, y los ronquidos no tienen mucho que ver con mi especialidad.
-Pues yo pensaba que siendo médico hacía a pelo y a lana; no iba a ir al carnicero de la esquina.
-Oiga, que hay gente esperando con dolor de tripa, déjeme usted en paz.
-¿Es usted el médico de los ronquidos?
-No, se ha equivocado; yo soy otorrino.
-Entonces, ¿usted qué cura? Se trata de que hago ruidos cuando duermo, o sea, que ronco, y mi mujer se queja, y me amenaza con dormir aparte.
-La mía se queja de otras cosas, si yo le contara… pero es condición de la mujer: si ronca, se queja; si le huele la boca, se queja; si otros ruidos, se queja también.
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