EL PALOMAR
Conocí a una mujer de ochenta y cuatro años con moratones en la cara, brazos y piernas, debidos a una paliza.
-¿De una paliza a una mujer octogenaria?
-Un mozo la tiró al suelo y le dio de puñetazos y patadas por quitarle el monedero.
-¿Y se lo quitó? Creo que podría. ¿Y cuánto llevaba?
-Unos euros sueltos.
-Bien merecido que lo tuvo, que si por las buenas se los pide, seguro que se los da.
Esta mañana fui al Mercado de Verónicas con mi mujer. En el ascensor iba una señora con sortijas en los dedos de las dos manos, un collar grande y pendientes dorados. Llamaba la atención. No me pude aguantar y lo solté: “¡Cuántas joyas lleva usted a la vista!”.
Se alegró tanto que se lo dijera que me hizo una descripción pormenorizada del escaparate. “Esta me la dio mi madre; esta mi esposo, que en gloria esté; esta me la dio mi tía”, y así. “Son de oro”, terminó orgullosa. Y le conté lo que sabía, recomendándole que llevara cuidado no le hicieran lo mismo a ella para robarla.
Mi señora luego me dijo que no debía de haberle dicho nada. Pero creo que era bueno que alguien la advirtiera del peligro que corría exhibiendo esas joyas en su cuerpo. No es que defienda al ladrón, pero en cierto modo, la crisis lo justifica. No voy a repetir que no tener un trabajo y tener a una familia que alimentar, disculpa cualquier cosa.
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