domingo, 31 de enero de 2016

Es incomprensible para mí.


EL PALOMAR

EL PALOMAR

Es incomprensible para mí. Lleva mi hijo un aparato, pequeño como un móvil, donde se ven a voluntad las calles y plazas de todo el mundo. La Tierra gira con los dedos y te enseña la que quieras ver.
No me extraña que Tomás dijera a sus compañeros: “Si no lo veo, no lo creo”. Y hasta que el Maestro le dijo: “Mete tus dedos en mis llagas”, no creyó que había resucitado.
A mí lo mismo con este aparato. “¿Qué quieres ver?”, me dijo. “Esta calle”, contesté. Y moviendo la imagen, llegó a España, a Murcia y a la calle Federico Balart. “Mira: la puerta del Bajo tiene la persiana subida hasta la mitad”. Sentí escalofrío.
-¿Dónde está El Roalico? -seguí.
Hizo un pequeño giro y mostró Jumilla, Santana y el Roalico con el chalet. Tienes que creer, por fuerza, como le pasó a Tomás. ¿Por qué es así?, no lo sabes; pero que es cierto no puedes dudarlo.
¿Cómo podía Tomás creer que Jesús, que había muerto en la Cruz, hubiera resucitado? ¿Cómo vas tú a pensar que en un móvil como la palma de tu mano, puedas ver las calles de Nueva York o la Plaza Roja de Moscú? Lo crees porque lo ves, pero si no lo vieras, imposible de creer.
¿Qué no verán pronto los nietos que ni podemos imaginar? Nuestros próximos ancestros comentaban: ”Le dicen que un buey va volando y se lo cree”, como algo imposible de que sucediera; y ahora vuelan los aviones y lo vemos natural. “Iba a cien por hora”, se exageraba para decir que iba a mucha velocidad; y ahora a cien por hora es a paso de tortuga.

Francisco Tomás Ortuño

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