-¿Por qué la intolerancia, la hostilidad y la guerra, Graciano?
-Llevamos con nosotros, como células en la sangre, un componente positivo, de amor, y otro negativo, de odio, que nos disponen en uno u otro estado. Si solo hubiera amor, la guerra no existiría; si solo hubiera odio, solo habría guerra. Somos la mezcla de dos impulsos: Amor y Odio van tan juntos en nosotros que, a veces, las fronteras se confunden; se va del uno al otro, se traspasa la barrera, sin darnos cuenta. Cualquier estímulo, interno o externo, puede decidir una actitud o la contraria.
-¿Tan fácil es actuar de una manera o de otra?
-Me explico: Una arenga contra el mal, nos dispone a la guerra; una conferencia de paz nos inflama de amor. Son los estímulos los que deciden que obremos de una o de otra forma. ¿Qué cómo influyen los estímulos? Por medio de la razón. Amor y odio, mundo complejo que nos acompaña, es dirigido por la razón.
-¿La razón, pues, manda en las pasiones?
-No siempre, Gerardo, ¿qué más quisiéramos? Cuando una pasión se altera y brama no hay fuerza que la contenga. Tanto el amor como el odio son fuerzas muy poderosas. Apagar una pasión amorosa no es fácil, como apagar un fuego bélico tampoco. La razón, tal vez, aconseje lo contrario, como haría una madre, aunque como una voz que clama en el desierto.
Francisco Tomás Ortuño